Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: -Todavía.
Y le arrancó esta pluma al viejo cóndor
del énfasis. El tiempo es todavía,
la rosa es todavía y aunque pase el verano, y las estrellas
de todos los veranos, el hombre es todavía.
Nada pasó. Pero alguien que se llamaba César en peruano
"Mucho más fácil que tu obra/ Es vender tus rarezas./ Mejor quema tus cartas, las de él, las de ella.../ Que no haya biografía, si va a ser ésa." ("Biografía", poema de D.J.Enright)
sábado, 22 de marzo de 2014
miércoles, 19 de marzo de 2014
Una novela polifónica: "El incendio de abril", de Miguel Torres
Como ocurre a menudo con los escritores latinoamericanos, poco sabemos de este estupendo escritor colombiano. La solapa, felizmente Google, rescatan una intensa historia de escritor. Pero el teatro es su tarea inicial. De allí saldrán posiblemente, ese fervor por retratar todas las voces posibles.
Porque el hecho central es el asesinato de José Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948 en Bogotá. Y de allí el nombre de "bogotazo" que se ha dado a este levantamiento popular.
Quienes cuentan? Elijo al azar: Reinaldo Espitia, tornero; Fabio Sastoque, Relojero; José Marrero, actor de una compañía de teatro española (Quédate en Madrid, no te vayas de gira con la Guerrero que en esas republiquetas bananeras se arma un jaleo todos los días, le dicen antes de que viaje); Isaias Arana, escribidor de cartas de amor. Y asi páginas y páginas, en un vértigo de escenas de violencia espontánea (al parecer) y el lector siente que también corre y se esconde y quema tranvías y roba joyas y busca al culpable. Y sentimos que Bogotá se nos hace carne, y crece hasta lograr que el resto del mundo la escuche.
Pero luego se añade un solo personaje, Ana, que busca a su marido,
Porque el hecho central es el asesinato de José Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948 en Bogotá. Y de allí el nombre de "bogotazo" que se ha dado a este levantamiento popular.
Quienes cuentan? Elijo al azar: Reinaldo Espitia, tornero; Fabio Sastoque, Relojero; José Marrero, actor de una compañía de teatro española (Quédate en Madrid, no te vayas de gira con la Guerrero que en esas republiquetas bananeras se arma un jaleo todos los días, le dicen antes de que viaje); Isaias Arana, escribidor de cartas de amor. Y asi páginas y páginas, en un vértigo de escenas de violencia espontánea (al parecer) y el lector siente que también corre y se esconde y quema tranvías y roba joyas y busca al culpable. Y sentimos que Bogotá se nos hace carne, y crece hasta lograr que el resto del mundo la escuche.
Pero luego se añade un solo personaje, Ana, que busca a su marido,
domingo, 16 de marzo de 2014
Un premio merecido: "Bestias afuera", de Fabian Martinez Siccardi
Los premios literarios, lo sabemos, son complejas operaciones en las que juegan no solo los criterios de calidad sino también el marketing. El premio Clarin-Alfaguara, sin embargo, ha cumplido siempre con las expectativas de los lectores comprometidos con la innovación y la calidad. Pedro Mairal, Patricia Suárez y Raquel Robles, por citar de memoria, son una prueba de esto.
El premio 2013 correspondió a un relato de apenas 125 páginas. Apenas, cuando tengo en mi mesa de trabajo una novela que me aguarda: 957. Casi 1000. La leeré alguna vez? Y es de un autor al que admiro.
Pero este apretado relato reúne la eficacia de una prosa bella y prolija, más el tenso transcurrir de un tiempo que no sabemos adonde se dirige. Y el misterio de los personajes que rozan la perversión y la locura.
La narrativa argentina de hoy tiene exponentes de esto que yo daría en llamar "contarlo todo pero velado": es decir, da cuenta del sinsentido de una sociedad que desde hace muchos años tiene el compromiso no cumplido de explicar el por qué de la violencia y la muerte.
Martínez Siccardi ha sabido plantearlo. La respuesta la tenemos todos.
El premio 2013 correspondió a un relato de apenas 125 páginas. Apenas, cuando tengo en mi mesa de trabajo una novela que me aguarda: 957. Casi 1000. La leeré alguna vez? Y es de un autor al que admiro.
Pero este apretado relato reúne la eficacia de una prosa bella y prolija, más el tenso transcurrir de un tiempo que no sabemos adonde se dirige. Y el misterio de los personajes que rozan la perversión y la locura.
La narrativa argentina de hoy tiene exponentes de esto que yo daría en llamar "contarlo todo pero velado": es decir, da cuenta del sinsentido de una sociedad que desde hace muchos años tiene el compromiso no cumplido de explicar el por qué de la violencia y la muerte.
Martínez Siccardi ha sabido plantearlo. La respuesta la tenemos todos.
viernes, 28 de febrero de 2014
Los fantasmas en el tablado: las palabras en el teatro
Los fantasmas en su tablado
Estoy en diciembre de 2005. Alejandro Tantanian me pide que lea Cuchillos en gallinas, de David Harrower. Empieza el verano, y vengo de un año de lecturas intensas. Leer teatro significa dar vida a los fantasmas creados por otro, mucho más que en otra clase de ficción; en las novelas puede confiarse en la fantasía del autor, que sitúa a estos fantasmas en un espacio virtual, mientras que en el texto teatral casi inconscientemente nos forzamos a ponerlos, en carne y hueso, sobre un tablado que representa la convención de lo teatral. Somos dioses creadores del futuro prometido por el texto.
Los fantasmas me hablan al oído. Empiezan a resonarme algunas frases sueltas, armando su propio texto: “No hay que ser una cosa para ser como una cosa.”, “Sos como cualquier cosa que yo quiera”, ”... todo lo que es mi cuerpo se había ido de adentro para afuera.”, “¿Vi un charco (...) ¿Tenés un nombre para eso?”, “Las cosas cambian cada vez que las miro” y entonces en el texto se insiste con los nombres “¿hay un nombre para eso?”, “Entonces déme algo suyo. Algo que todos en la aldea conozcan. /¿Qué quiere, molinero? / Su nombre.” , “Todo lo que debo hacer es empujar los nombres hasta el fondo de lo que hay...”, "Cada nombre que conozco me llevará más cerca de Dios”, “El sonido de una mujer cuando nadie la oye. Sólo cuando lo merezca podré conocer los nombres.” También importa la mirada: “Miré mis manos”, “Yo miro al cielo. Pero me duelen el cuello y los ojos”, “No hay que mirar mucho para arriba. Las caras quedarían sobre las cabezas, chatas.”, “Dios sabe todo. El ve cada cosa. Él tiene nombre para todas las cosas.” O la pluma: “Mire. Cómo brilla el fuego en ella.” , “Puedo escribir lo que está aquí, en mi cabeza”, ”Yo vivo bajo un cielo distinto”, “Tantos nombres. Me los voy a aprender todos.”
Esta nueva red de significados se relaciona con otros textos, con otros fantasmas.
Estoy en diciembre de 2005. Alejandro Tantanian me pide que lea Cuchillos en gallinas, de David Harrower. Empieza el verano, y vengo de un año de lecturas intensas. Leer teatro significa dar vida a los fantasmas creados por otro, mucho más que en otra clase de ficción; en las novelas puede confiarse en la fantasía del autor, que sitúa a estos fantasmas en un espacio virtual, mientras que en el texto teatral casi inconscientemente nos forzamos a ponerlos, en carne y hueso, sobre un tablado que representa la convención de lo teatral. Somos dioses creadores del futuro prometido por el texto.
Los fantasmas me hablan al oído. Empiezan a resonarme algunas frases sueltas, armando su propio texto: “No hay que ser una cosa para ser como una cosa.”, “Sos como cualquier cosa que yo quiera”, ”... todo lo que es mi cuerpo se había ido de adentro para afuera.”, “¿Vi un charco (...) ¿Tenés un nombre para eso?”, “Las cosas cambian cada vez que las miro” y entonces en el texto se insiste con los nombres “¿hay un nombre para eso?”, “Entonces déme algo suyo. Algo que todos en la aldea conozcan. /¿Qué quiere, molinero? / Su nombre.” , “Todo lo que debo hacer es empujar los nombres hasta el fondo de lo que hay...”, "Cada nombre que conozco me llevará más cerca de Dios”, “El sonido de una mujer cuando nadie la oye. Sólo cuando lo merezca podré conocer los nombres.” También importa la mirada: “Miré mis manos”, “Yo miro al cielo. Pero me duelen el cuello y los ojos”, “No hay que mirar mucho para arriba. Las caras quedarían sobre las cabezas, chatas.”, “Dios sabe todo. El ve cada cosa. Él tiene nombre para todas las cosas.” O la pluma: “Mire. Cómo brilla el fuego en ella.” , “Puedo escribir lo que está aquí, en mi cabeza”, ”Yo vivo bajo un cielo distinto”, “Tantos nombres. Me los voy a aprender todos.”
Esta nueva red de significados se relaciona con otros textos, con otros fantasmas.
domingo, 23 de febrero de 2014
A diez años de la muerte de Graciela Cabal
La chica del pañuelito
y los ojos azules
La conocí a Graciela en los primeros años de la década del
sesenta, cruzándomela en la calle Viamonte. Nadie se saludaba si no se conocía,
y ella era un poquito mayor que yo. Con esto quiero decir dos años, que para la
regularidad de nuestras carreras era verdaderamente un abismo. Eran los años de
las películas de Antonioni, y todas caminábamos un poco como Mónica Vitti o
como Jeanne Moreau. Es decir, nos deslizábamos. A unas pocas cuadras estaba el
café Los cuatro vientos, ya en la costanera, y muchas de las horas entre clases
yo las pasaba allí.
Ella caminaba sin mirar a nadie, vestida de tweed gris, un
tapado con cinturón atado flojo, y a veces con un impermeable gris plomo. Pero
lo que nunca faltaba, y fue lo que me hizo reparar en ella, era el pañuelito en
la cabeza, un pañuelo chico, atado con un nudo fuerte debajo de la barbilla.
Eso, y sus ojos azules, transparentes, un poco fríos, mirando para adentro.
lunes, 3 de febrero de 2014
Albert Camus, el eterno extranjero
Ingresé a la Facultad de
Filosofía y Letras en marzo de 1960. Mi primera materia: Introducción a la
Literatura. Profesora titular: la doctora Ana María Barrenechea. En un apartado
del programa, donde leímos teatro, Los justos,
de Albert Camus. Que había muerto apenas dos meses antes, a los 47 años. Nunca
supe si fue un homenaje de esta profesora extraordinaria que en este momento
tenía 46, o un casualidad a la que la llevó su deseo de introducirnos en aquellos
que en esos años –apenas tres de que Camus recibiera el Premio Nobel, y menos
de diez de su ruptura con Sartre- eran los puntos de interés y debate
intelectual. Junto con Los justos,
la obra de Sartre que de algún modo le hace espejo: Las manos sucias.
“Caliente, pensaban los
parisinos. El aire de primavera. Era la noche en guerra, la alerta. Pero la
noche pasaría, la guerra estaba lejos. Los que no dormían, los enfermos
encogidos en sus camas, las madres con hijos en el frente, las enamoradas con
ojos ajados por las lágrimas, oían el primer jadeo de la sirena. Aun no era más
que una honda exhalación, similar al suspiro que sale de un pecho oprimido . en
unos instantes, todo el cielo se llenaría de clamores. Llegaban de muy lejos,
de los confines del horizonte, sin prisa, se diría. Los que dormían soñaban con
el mar que empuja ante sí sus olas y guijarros, con la tormenta que sacude el
bosque en marzo, con un rebaño de bueyes que corre pesadamente haciendo temblar
la tierra, hasta que al fin el sueño cedía
y, abriendo apenas los ojos, murmuraban: “¿Es la alarma?”
Más nerviosas, más vivaces, las
mujeres ya estaban en pie, algunas, tras cerrar ventanas y postigos, volvían a
acostarse. El día anterior, lunes 3 de junio, por primera vez desde el comienzo
de la guerra habían caído bombas sobre país. Sin embargo la gente seguía
tranquila. Las noticias eran malas pero no se las creían. Tampoco se habían creído
el anuncio de una victoria.”[1]
El 14 de junio de 1940, las
tropas alemanas entran en París.
sábado, 4 de enero de 2014
Homenaje a Roberto Bolaño, a diez años de su muerte
Porque en el Centro Cultural Recoleta de la Ciudad de Buenos Aires se exhibe su archivo literario, a los diez años de su muerte, es que quiero reproducir esta nota entrañable de Javier Cercas, publicada en el diario El País en 2003.
El País Semanal, domingo 21 de septiembre de 2003
Roberto Bolaño murió hace ya más de dos meses. Murió el 15 de julio, con
apenas 50 años, y al día siguiente los periódicos se llenaron de glosas y
artículos sobre su vida tremenda y su obra magnífica. La muerte no mejora a
nadie, pero esta vez los artículos y glosas eran justos. En ellos
Llanto por un guerrero
Javier CercasEl País Semanal, domingo 21 de septiembre de 2003
Roberto Bolaño murió hace ya más de dos meses. Murió el 15 de julio, con
apenas 50 años, y al día siguiente los periódicos se llenaron de glosas y
artículos sobre su vida tremenda y su obra magnífica. La muerte no mejora a
nadie, pero esta vez los artículos y glosas eran justos. En ellos
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