lunes, 6 de agosto de 2012

The Great Dylan

A los que esperamos con verdadera ansiedad un nuevo libro de Enrique Vila-Matas, cada lectura es una extraña mezcla de placer, angustia y desafío. Casi como la cita con el primer novio a los doce años. Esta vez, "Aire de Dylan" propone una nueva telaraña de significados. No solamente nombres, citas, enigmas, personajes ficticios que se asumen como reales, personajes con nombres reales, pero que no son los que fueron o son en la vida, sino también el fantasma del autor mirando por encima de nuestro hombro cómo leemos, cómo nos portamos como lectores. Y eso da miedo, claro.
Pero esta vez  creo que se trata de su novela más sofisticada. Algo así como una poética resumida en ficción, un lugar en el texto donde el autor Vila-Matas nos dice "esto es lo que pienso y lo que soy capaz de hacer".
Lo obvio: la crítica a la posmodernidad, el elogio al "no hacer", el personaje oculto, el escritor que cuenta, disfrazado de fracasado, una historia de amor que en el nivel más oculto es una historia del amor a la escritura. Y la imposibilidad de dejar de escribir, por mucho que se plantee la tortura real que significa el oficio de dar vida y letra, la verdadera esclavitud

martes, 3 de julio de 2012

Un adiós para Alicia Steinberg


Un adiós a Alicia Steimberg
Por Josefina Delgado  | Para LA NACION




Conocì a Alicia Steimberg en un lugar que hoy resulta mítico: el Centro Editor de América Latina. La oficina: calle Piedras y Avenida de Mayo. Eran los finales de los años 60, y yo era una tímida dactilógrafa, estudiante de Letras, convocada por Capítulo, la Historia de la Literatura Argentina, colección de fascículo más un libro que dirigía el escritor Roger Pla y gerenciaba Luis Gregorich. Eran años difíciles (luego se pondrían aun más difíciles), pero todos sentíamos que estábamos llevando adelante, no importaba el lugar que ocupáramos, una empresa cultural que tenía como lema "más libros para más". Alicia era también una tímida escritora, que traía el original de su primera novela, Músicos y relojeros .
Alicia llegaba con sus anteojitos, su aire de profesora y su humor, un humor como pocas veces podría asociarse con la figura de un escritor. No sabíamos mucho de su vida privada y leímos -creo que casi todos- ese original tipeado en una máquina de escribir de las de aquellos tiempos. ¿Todos? Sí, seguramente Luis Gregorich, el director de esa nueva colección, Narradores de hoy, y probablemente Esteban Fassio, el patafísico autor de la Máquina para leer Rayuela a la que se referiría poco después Julio Cortázar en La vuelta al día en 80 mundos, Beatriz Sarlo, Hugo Rapoport, Oscar Terán, José Vazeilles, Jorge Lafforgue, Marta Carreras y tantos que sin dudas olvido en este momento, pero que merecen el recuerdo en la historia de la cultura argentina que algún día se escribirá.
Ese mundo iba a terminarse en pocos años más, cuando las amenazas de bombas y las apretadas desde distintos sectores amenazaran la estabilidad de una editorial que fue gloriosa. Pero como los verdaderos vínculos se mantienen a lo largo del tiempo, no solamente nos reencontramos con Alicia, sino que fui leyéndola porque me resultaba realmente una gran escritora. Sobre todo, resultaba atractiva su manera de incorporar una cotidianidad y una historia personal sin por eso caer en ninguna forma de costumbrismo obvio: La loca 101 (1973); Su espíritu inocente (1981) y, ya en 1986, El árbol del placer, una historia cuyo delirio me hizo reír a las carcajadas en algunos de sus tramos: el monólogo de uno de los personajes en el que describe los tipos homeopáticos con un sentido del absurdo poco común en la literatura argentina de entonces. La selva y La música de Julia , su última novela, culminan, junto con Cuando digo Magdalena (Premio Planeta 1992), una trayectoria de alta calidad literaria.
Mientras tanto, habíamos empezado a reunirnos las tardes del domingo en la casa de Natu Poblet, unos pisos más arriba de su librería Clásica y Moderna. Eran reuniones abiertas, al caer la tarde, y los más asiduos eran Ernesto Schoó, Oscar Hermes Villordo, Natalia Kohen, Juan José Hernández, Cristina Mucci, Héctor Lastra, Elsa Osorio, Vilma Colina, Juan José Sebreli, Enrique Pezzoni, Pepe Bianco, Jorge Masciangioli.
De allí saldrían innumerables anécdotas y la producción literaria que cada uno de nosotros iba arrimando a la historia. Alicia era un personaje que a todos nos alegraba la vida.

viernes, 18 de mayo de 2012

Homenaje a Carlos Fuentes


Fuentes y el desafío de la historia

Por Josefina Delgado  | Para LA NACION

 
 
"El desafío de la novela moderna es la simultaneidad, no la linealidad", dijo hace apenas quince días el escritor mexicano Carlos Fuentes en Buenos Aires. "Porque Velázquez pinta lo que el espectador no ve." Y concluyó que si "el mundo era uno antes de la publicación de Don Quijote en 1605 y otro, para siempre, después", en América latina aún falta escribir la gran novela potencial, aquella que cambiará al mundo. O que, en todo caso, lo dividirá en un antes y un después.
Si Cervantes inaugura la novela moderna, si Balzac relata el devenir posterior a la Revolución Francesa, indudablemente Fuentes -a quien se le dio un emocionado adiós tras su muerte, ocurrida el martes- va y viene, en su profusa producción, sobre el fracaso de la Revolución Mexicana. Pero este "fracaso" es, en todo caso, una oportunidad para el gran país donde confluyen la España colonizadora con las fuertes culturas originarias. Y es acerca de esta oportunidad, con el ojo crítico de quien quiere ser imparcial, que se construye La región más transparente , la novela que abre un ciclo, en la narrativa de lengua hispana, de un esplendor inédito. Luego vendrán, para completar este ciclo, Las buenas conciencias y La muerte de Artemio Cruz .
Muchas veces lo escuché a Pepe Donoso, mientras trabajábamos en unas conversaciones literarias, contarme cómo había sido para él la literatura a partir de La región más transparente . "Quizás el mayor deslumbramiento

viernes, 11 de mayo de 2012

La casa de Marguerite Duras



La casa de Marguerite Duras, en el número 5 de la Rue de Saint-Benoît, en Paris.



"La soledad de la escritura es una soledad sin la cual el escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo. Se desangra, el autor deja de reconocerlo. Y ante todo, nunca debe dictarse a secretaria alguna, por hábil que sea, y, en esta fase, nunca hay que dar a leer lo escrito a un editor.

Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas la luces, ya sean del exterior o de la lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel período de mi primera soledad ya había descubierto que lo que tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más”. Escribir: era lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. La escritura nunca me ha abandonado.

Mi habitación no es una cama, ni aquí, ni en París, ni en Trouville. Es una ventana determinada, una mesa determinada, ritos de tinta

domingo, 8 de abril de 2012

Cartas del vidente, Arthur Rimbaud, 1871

"Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme vidente: ni va usted a comprender nada, ni apenas yo se expresárselo. Ello consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos. Los padecimientos son enormes, pero hay que ser fuerte y haber nacido poeta, y yo me he dado cuenta de que soy poeta. No es en modo alguno

miércoles, 4 de abril de 2012

Segunda elegía de Bierville, de Carles María Riba

Sunion! Te evocaré de lejos con un grito de alegría,
a ti y a tu sol leal, rey de la mar y el viento:
por tu recuerdo, que me eleva, feliz de sal exaltada,
con tu mármol absoluto, noble y antiguo yo como él.
Templo mutilado, desdeñoso de las otras columnas
que en el fondo de tu salto, bajo la ola risueña
duermen la eternidad! Tú velas, blanco en la altura,
por el marinero, que por ti orienta su rumbo;
por el ebrio de tu nombre, que a través del desnudo carrascal,
viene a buscarte, extremo como la certeza de los dioses;
por el exiliado que a través de oscuras arboledas te vislumbra
súbitamente, oh preciso, oh fantasmal!, y conoce
por tu fuerza la fuerza que lo salva de los golpes de fortuna,
rico de lo que ha dado, y en su ruina tan puro.
  (Versión de José Agustín Goytisolo)

Los escenarios de la memoria

Estoy leyendo "Los escenarios de la memoria", de José María Castellet. Para mí Castellet es el inolvidable antólogo de los Nueve novísimos, aquellos poetas españoles que en los 70 aparecían con su poesía, en una España franquista que empezaba a descongelarse. Entre ellos un Manolo Vázquez Montalbán poéticamente narrativo, Pedro Gimferrer, Félix de Azúa, Ana María Moix. Y yo leí este libro en una Argentina de gobierno militar, uno de tantos. Pero duro, con censura, con la universidad intervenida, con amenazas de bombas en escuelas y editoriales. Yo trabajaba en el Centro Editor de América Latina. Y ya había desaparecidos.
Este libro me conmueve a la vez que me suscita recuerdos y asociaciones con nuestras propias problemáticas generacionales y también con otros libros de memorias de escritores. La imagen de Ungaretti, exaltado al hablar de lo que significa la lengua para un poeta: "Ustedes atraviesan ahora una larga época de trastornos de los que, quién sabe, saldrán vencedores o vencidos. Mi punto de vista, quizás primitivo y anticuado, es que si salvan la poesía, el ritmo de la lengua, nada podrá aniquilarlos. Por eso es importante el poema de Riba que acaba de leernos. Permítame un momento el libro. Intentaré repetirlo en italiano, a ver cómo suena. (Y tradujo despacio: 'rico di quello che ha dato, puro nella sua rovina', 'en la seva ruina tan pur'...) Formidable! es la inocencia, la pureza del exiliado. Yo no entiendo de política, pero sé que hay algo imperdonable