En su ensayo "Humo con fuego ( la ética de la biografía)", el profesor y escritor británico Michael Holroyd reflexiona sobre las razones que podrían tener algunos escritores para quemar cartas, fotografías, documentos. Y recuerda a su propia abuela - no escritora- quemando fotos inocentes de su propia infancia.
" Tal vez la idea de alguien rebuscando ociosa e ignorantemente entre los restos de nuestra vida, manoseando esos objetos una vez preciados y ahora inútiles, sin saber reconocer a las figuras de vestimenta extraña en las fotografías, o los sentimientos depositados en esas figuras...tal vez todo esto es mas de lo que se puede soportar."
Y entonces nos cuenta cómo quemaron parte de sus papeles Samuel Johnson, Henry James, Thomas Hardy, James Joyce, el mismo Freud.
Holroyd analiza el vinculo entre la presencia de la propia vida del biógrafo y la supuesta objetividad del genero biográfico. Y en su propia autobiografía, nos dice: " Yo encontré una libertad maravillosa en esa condición de disidente que puede ser descripta como sin sentido: la libertad de no estar atado a contextos sociales ni chauvinistas ni familiares. Mi identidad se formó a partir de mi escritura, aunque esta identidad se escondía detrás de las personas
sobre las que escribí; se escondía, creo, de los demás, y también de mí mismo. Pero ahora debo volver y explorar. Mis padres, mi familia diseminada en el tiempo y en el espacio, se han vuelto mis sujetos biográficos en tanto busco, en ellos, algo mío, y algo de ellos de mí. Porque estoy escribiendo una autobiografía indirecta, una crónica con subtexto personal, que traza mi evolución hacia alguien a quien yo mismo, de joven, nunca habría reconocido."
Michael Holroyd, "Como se escribe una vida", Buenos Aires, La Bestia Equilátera, 2011
"Mucho más fácil que tu obra/ Es vender tus rarezas./ Mejor quema tus cartas, las de él, las de ella.../ Que no haya biografía, si va a ser ésa." ("Biografía", poema de D.J.Enright)
sábado, 15 de junio de 2013
sábado, 9 de marzo de 2013
La literatura, ¿puede salvar al hombre?
«¿Regresará Dios cuando su creación esté destruida?», se pregunta Elías Canetti. No lo sé, pero soy tan optimista que creo que habrá escritores para contarlo. Hablando precisamente de Canetti, me acuerdo de un texto suyo, La profesión de escritor, en el que cuenta el estupor que le produjo la lectura de una nota suelta de un escritor anónimo, la nota llevaba la fecha del 23 de agosto de 1939, es decir, una semana antes del estallido de la segunda Guerra Mundial, y el texto decía: «Ya no hay nada que hacer. Pero si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra».
Canetti se dijo todo esto, pero durante días no paró de darle vueltas a aquella nota del escritor anónimo, de aquel pájaro solitario. Hasta que de pronto se dio cuenta de que el autor de aquella nota suelta tenía una profunda conciencia de las palabras, y entonces pasó Canetti de la indignación a la admiración. Se dio cuenta de que mientras haya gente —y hay, desde luego, más de uno— que asuma esa responsabilidad por las palabras y la sienta con la máxima intensidad al reconocer un fracaso total, tendremos derecho a conservar una palabra —la palabra escritor— que ha designado siempre a los autores de las obras esenciales de la humanidad, esas obras sin las cuales no tendríamos conciencia de lo que realmente constituye dicha humanidad.
El orgullo del escritor de hoy tiene que consistir en enfrentarse a los emisarios de la nada —cada vez más numerosos en literatura— y combatirlos a muerte para no dejar a la humanidad precisamente en manos de la muerte. En definitiva: que a un escritor le podamos llamar escritor. Porque digan lo que digan, la escritura puede salvar al hombre. Hasta en lo imposible."
Esto escribe Vila-Matas en su discurso de recepción del Premio Rómulo Gallegos. Lo recibe en Caracas en 2001. Quiero compartirlo. Siento que me robaron Venezuela para transformarla en un fantasma sin identidad. Rómulo Gallegos, yo tenía 14 años cuando me quedaba hasta tarde leyendo en una edición de Aguilar de tapitas de cuero una novela que no era Doña Bárbara, No estoy segura de si era La trepadora o sobre la misma tierra, pero había una escena que me fascinaba: cómo desde su caballo un capataz le pegaba latigazos a un indio. Yo tambiñen creo, como Vila-Matas, que la escritura puede salbar al hombre. Ojalá los venezolanos puedan leer a Rómulo Gallegos, que fue maestro, llegó a ser ministro de educación y tres meses presidente.
viernes, 19 de octubre de 2012
E n c u e n t r o
Ellos dos caminan por la calle Libertad, frente a la plaza que lleva el nombre del asesino de Dorrego. Ella va tomada de su brazo, como en los sueños que la persiguen hace casi diez años. Parece mentira que este nmomento sea real, que no pertenezca a una de aquellas imágenes que la acechan por las noches, a pesar del tiempo que pasó. El está más viejo, pero conserva su aspecto de hombre guapo. Qué tontería, piensa ella, usar la palabra guapo aquí donde no existen más que sinónimos perecederos. Mi madre hubiera dicho guapo, en Madrid lo dicen todavía personas de mi edad, él mismo acaba de decirle que está guapa mientras almorzaban en ese absurdo restaurant del hotel, mesas de laca negra y manteles colorados. Y un mozo cómplice sin saber bien de qué.
De pronto empierzan a escucharse unos gritos rítmicos, las calles se agitan con las banderas llenas de leyendas, y ellos se detienen a mirar, como cada vez que un paseo es interrumpido por alguna circunstancia notable. Casi no es necesario decirse nada, los dos comparten, ese mirar las cosas como si en sí mismas pudieran constituir pequeñas historias, núcleos narrativos, diría ella en sus clases a los chicos de quinto año. Y como por arte de magia, ella lo ve, a unos pasos. La está mirando con esa mirada suya inexplicable, mezcla de ironías pero también de saber, un chico de apenas dieciocho años que consigue perturbarla como
De pronto empierzan a escucharse unos gritos rítmicos, las calles se agitan con las banderas llenas de leyendas, y ellos se detienen a mirar, como cada vez que un paseo es interrumpido por alguna circunstancia notable. Casi no es necesario decirse nada, los dos comparten, ese mirar las cosas como si en sí mismas pudieran constituir pequeñas historias, núcleos narrativos, diría ella en sus clases a los chicos de quinto año. Y como por arte de magia, ella lo ve, a unos pasos. La está mirando con esa mirada suya inexplicable, mezcla de ironías pero también de saber, un chico de apenas dieciocho años que consigue perturbarla como
lunes, 6 de agosto de 2012
The Great Dylan
A los que esperamos con verdadera ansiedad un nuevo libro de Enrique Vila-Matas, cada lectura es una extraña mezcla de placer, angustia y desafío. Casi como la cita con el primer novio a los doce años. Esta vez, "Aire de Dylan" propone una nueva telaraña de significados. No solamente nombres, citas, enigmas, personajes ficticios que se asumen como reales, personajes con nombres reales, pero que no son los que fueron o son en la vida, sino también el fantasma del autor mirando por encima de nuestro hombro cómo leemos, cómo nos portamos como lectores. Y eso da miedo, claro.
Pero esta vez creo que se trata de su novela más sofisticada. Algo así como una poética resumida en ficción, un lugar en el texto donde el autor Vila-Matas nos dice "esto es lo que pienso y lo que soy capaz de hacer".
Lo obvio: la crítica a la posmodernidad, el elogio al "no hacer", el personaje oculto, el escritor que cuenta, disfrazado de fracasado, una historia de amor que en el nivel más oculto es una historia del amor a la escritura. Y la imposibilidad de dejar de escribir, por mucho que se plantee la tortura real que significa el oficio de dar vida y letra, la verdadera esclavitud
Pero esta vez creo que se trata de su novela más sofisticada. Algo así como una poética resumida en ficción, un lugar en el texto donde el autor Vila-Matas nos dice "esto es lo que pienso y lo que soy capaz de hacer".
Lo obvio: la crítica a la posmodernidad, el elogio al "no hacer", el personaje oculto, el escritor que cuenta, disfrazado de fracasado, una historia de amor que en el nivel más oculto es una historia del amor a la escritura. Y la imposibilidad de dejar de escribir, por mucho que se plantee la tortura real que significa el oficio de dar vida y letra, la verdadera esclavitud
martes, 3 de julio de 2012
Un adiós para Alicia Steinberg
Un adiós a
Alicia Steimberg
Conocì a Alicia Steimberg en un lugar que hoy
resulta mítico: el Centro Editor de América Latina. La oficina: calle Piedras y
Avenida de Mayo. Eran los finales de los años 60, y yo era una tímida
dactilógrafa, estudiante de Letras, convocada por Capítulo, la Historia de la
Literatura Argentina, colección de fascículo más un libro que dirigía el
escritor Roger Pla y gerenciaba Luis Gregorich. Eran años difíciles (luego se
pondrían aun más difíciles), pero todos sentíamos que estábamos llevando
adelante, no importaba el lugar que ocupáramos, una empresa cultural que tenía
como lema "más libros para más". Alicia era también una tímida
escritora, que traía el original de su primera novela, Músicos y
relojeros .
Alicia llegaba con sus anteojitos, su aire de
profesora y su humor, un humor como pocas veces podría asociarse con la figura
de un escritor. No sabíamos mucho de su vida privada y leímos -creo que casi
todos- ese original tipeado en una máquina de escribir de las de aquellos
tiempos. ¿Todos? Sí, seguramente Luis Gregorich, el director de esa nueva
colección, Narradores de hoy, y probablemente Esteban Fassio, el patafísico
autor de la Máquina para leer Rayuela a la que se referiría poco después Julio Cortázar
en La vuelta al día en 80 mundos, Beatriz Sarlo, Hugo Rapoport, Oscar Terán,
José Vazeilles, Jorge Lafforgue, Marta Carreras y tantos que sin dudas olvido
en este momento, pero que merecen el recuerdo en la historia de la cultura
argentina que algún día se escribirá.
Ese mundo iba a terminarse en pocos años más,
cuando las amenazas de bombas y las apretadas desde distintos sectores
amenazaran la estabilidad de una editorial que fue gloriosa. Pero como los
verdaderos vínculos se mantienen a lo largo del tiempo, no solamente nos
reencontramos con Alicia, sino que fui leyéndola porque me resultaba realmente
una gran escritora. Sobre todo, resultaba atractiva su manera de incorporar una
cotidianidad y una historia personal sin por eso caer en ninguna forma de
costumbrismo obvio: La loca 101 (1973); Su espíritu inocente (1981) y, ya en
1986, El árbol del placer, una historia cuyo delirio me hizo reír a las
carcajadas en algunos de sus tramos: el monólogo de uno de los personajes en el
que describe los tipos homeopáticos con un sentido del absurdo poco común en la
literatura argentina de entonces. La selva y La música de Julia , su última novela, culminan, junto con Cuando digo
Magdalena (Premio Planeta 1992), una trayectoria de alta calidad literaria.
Mientras tanto, habíamos empezado a reunirnos las
tardes del domingo en la casa de Natu Poblet, unos pisos más arriba de su
librería Clásica y Moderna. Eran reuniones abiertas, al caer la tarde, y los
más asiduos eran Ernesto Schoó, Oscar Hermes Villordo, Natalia Kohen, Juan José
Hernández, Cristina Mucci, Héctor Lastra, Elsa Osorio, Vilma Colina, Juan José
Sebreli, Enrique Pezzoni, Pepe Bianco, Jorge Masciangioli.
De allí saldrían innumerables anécdotas y la
producción literaria que cada uno de nosotros iba arrimando a la historia.
Alicia era un personaje que a todos nos alegraba la vida.
viernes, 18 de mayo de 2012
Homenaje a Carlos Fuentes
Fuentes y el desafío de la historia
Por Josefina Delgado | Para LA NACION
Si Cervantes inaugura la novela moderna, si Balzac relata el devenir posterior a la Revolución Francesa, indudablemente Fuentes -a quien se le dio un emocionado adiós tras su muerte, ocurrida el martes- va y viene, en su profusa producción, sobre el fracaso de la Revolución Mexicana. Pero este "fracaso" es, en todo caso, una oportunidad para el gran país donde confluyen la España colonizadora con las fuertes culturas originarias. Y es acerca de esta oportunidad, con el ojo crítico de quien quiere ser imparcial, que se construye La región más transparente , la novela que abre un ciclo, en la narrativa de lengua hispana, de un esplendor inédito. Luego vendrán, para completar este ciclo, Las buenas conciencias y La muerte de Artemio Cruz .
Muchas veces lo escuché a Pepe Donoso, mientras trabajábamos en unas conversaciones literarias, contarme cómo había sido para él la literatura a partir de La región más transparente . "Quizás el mayor deslumbramiento
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Vicente Quirarte
viernes, 11 de mayo de 2012
La casa de Marguerite Duras
La casa de Marguerite Duras, en el número 5 de la Rue de Saint-Benoît, en Paris.
"La soledad de la escritura es una soledad sin la cual el escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo. Se desangra, el autor deja de reconocerlo. Y ante todo, nunca debe dictarse a secretaria alguna, por hábil que sea, y, en esta fase, nunca hay que dar a leer lo escrito a un editor.
Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas la luces, ya sean del exterior o de la lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel período de mi primera soledad ya había descubierto que lo que tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más”. Escribir: era lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. La escritura nunca me ha abandonado.
Mi habitación no es una cama, ni aquí, ni en París, ni en Trouville. Es una ventana determinada, una mesa determinada, ritos de tinta
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