Lo tomo hoy, día en que celebro
el estreno de Zama, dirigida por Lucrecia Martel.
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Antonio Di Benedetto: los anteojos, la boina
“Procuré ocupar la cabeza en el motivo de mi caminata, en el hecho de
que yo esperaba un barco…”
Di Benedetto, Zama
Son las doce de un
frío día primaveral, hace hoy [i]casi
treinta años. El día de San Isidro en Madrid.
Sentada en el
comedorcito del precioso piso de la Glorieta de Rubén Darío, la puerta se abre
a mis espaldas. Es Beatriz Guido, la dueña de casa, la recién nombrada por el
presidente Alfonsín encargada de Asuntos Culturales de la Embajada Argentina en
España, con rango de ministro.
En un momento en el
que todos estábamos llenos de esperanzas en la democracia, la generosa Beatriz
había salido de años de postergación, que incluían una economía de gran
austeridad, en su departamento de la calle Vicente López, en el que había
agasajado a José Donoso y amigos en su visita del 82, y al que yo iba con
cierta frecuencia.
Y digo la generosa
Beatriz porque de inmediato ofreció a sus amigos visitarla cuando quisieran en
el piso de Madrid. Yo fui una de las favorecidas, en mayo del 84, cuando ella
llevaba apenas unos meses.
Volvemos a Madrid.
Acabo de cortar una comunicación telefónica,